¿Qué ocurre cuando una imagen deja de ser una representación para convertirse en un espacio que podemos habitar, prolongar o incluso recordar? Las recientes creaciones generadas con inteligencia artificial ofrecen ejemplos especialmente sugerentes. El creador digital Juan Ruiz propone imaginar qué sucedía segundos antes de que algunos celebérrimos cuadros quedarán para siempre fijados en el caballete. Reconozco que vi varias veces al émulo de Willen Dafoe impresionado al sol naciente… El propio British Museum publicaba hace algunas semanas la recreación deliberadamente absurda y humorística del Tapiz de Bayeux transformando una de las narraciones visuales más conocidas de la Edad Media en una secuencia disparatada. La operación en ambos casos es sencilla, la imagen deja de ser un objeto estático para convertirse en el punto de partida de una ficción compartida. El público conoce la obra original y, precisamente por ello, puede jugar con sus vacíos narrativos, imaginar lo que ocurrió antes o reinterpretar su significado desde códigos contemporáneos.

Fig.1. Minutos antes de Impresión, sol naciente por Juan Ruiz. Fuente: Instagram

Durante años no pocos museos se han convertido en escenarios donde pesa más demostrar que hemos estado allí que habernos detenido a contemplar las obras. Ya nos hemos hecho eco de la problemática. La imagen de visitantes haciendo cola para fotografiarse frente a la Gioconda como símbolo de esta transformación de la experiencia cultural en una prueba visual de presencia. Leemos sobre la nueva aplicación del Museo del Prado que permite generar un supuesto recuerdo fotográfico de la visita con una imagen que nunca ha existido. A priori, crear un selfie artificial podría parecer una solución ingeniosa: si el recuerdo puede fabricarse digitalmente, quizá no haga falta aborregar a cientos de personas levantando el móvil. También cabe preguntarse si no estamos sustituyendo un problema por otro: antes la atención se desplazaba de la obra a la fotografía, ahora de la obra a la creación de una imagen ficticia. ¿Necesitamos realmente una fotografía junto a Las Meninas para demostrar que la hemos contemplado? ¿O estamos ahondando, nuevamente, en convertir la visita en un mero recurso para producir contenido? La cuestión resulta más llamativa en una institución como el Prado, una de las pocas que sigue defendiendo una relación más pausada con las obras y donde las restricciones a fotografiar piezas han respondido, en gran parte, a la idea de favorecer la observación directa frente a la mediación constante de las pantallas.
 

Fig.2. Photo Prado, la nueva aplicación del museo que permite generar una imagen de recuerdo tras tu visita. O no. Fuente: planetafácil.

Quizá la pregunta verdaderamente interesante no sea tecnológica, sino cultural. ¿Mejora esta herramienta la visita porque permite conservar un recuerdo más personal? ¿O refuerza la idea de que una experiencia solo existe cuando puede transformarse en imagen compartible? Tal vez su mayor valor no esté en el selfie que produce, sino en obligarnos a pensar qué entendemos hoy por recuerdo, por experiencia y, en última instancia, por contemplación. Porque si la inteligencia artificial puede generar la foto perfecta de nuestra visita, todavía queda una cosa que no puede hacer por nosotros: mirar el cuadro.

Del mismo modo, ¿qué ocurre cuando una imagen deja de ser una representación para convertirse en un lugar que creemos conocer? La pregunta no afecta solo a cuadros animados por la inteligencia artificial o a recuerdos generados por una aplicación, interpela también a las ciudades, monumentos y paisajes que el cine ha fijado en nuestra memoria colectiva. De eso hablamos en uno de los capítulos del último libro publicado en Trea, «La ciudad recreada en el cine contemporáneo: entre el artificio cinematográfico y la producción virtual». Durante muchas décadas, las películas han construido versiones reconocibles de Nueva York, París, Venecia o Londres mediante decorados, localizaciones cuidadosamente seleccionadas, encuadres específicos e incluso alteraciones físicas y digitales del espacio urbano. La ciudad que recordamos no responde a la real, sino a la versión adaptada por necesidades de narración. Esta circunstancia modifica profundamente la experiencia turística. Cuando visitamos un espacio urbano asociado a un filme, no buscamos tanto descubrir el lugar como verificar una imagen previa que habitaba en nuestra memoria. Recorremos calles en busca del encuadre exacto, identificamos edificios convertidos en iconos cinematográficos o visitamos estudios de rodaje atraídos por la posibilidad de atravesar espacios que antes solo existían en la pantalla. El viaje se transforma en una negociación constante entre el lugar real y el imaginario construido por el audiovisual.

Fig.3. Que nadie busque el boulevard plegado, solo existía en la mente de di Caprio en Inception (Nolan, 2010). Fuente: Mubi.com

La situación resulta especialmente interesante porque esos imaginarios suelen ser parciales, seleccionados e incluso artificiales. El visitante no siempre acude a conocer una ciudad, sino a encontrarse con una versión editada de ella. ¿Cuántos turistas llegan a un barrio esperando la atmósfera que les prometió una serie de televisión? ¿Cuántos visitan una plaza o un café porque previamente fueron convertidos en escenario de una historia? Al igual que hoy la inteligencia artificial nos permite prolongar o habitar imágenes preexistentes, el cine lleva décadas invitándonos a entrar en espacios que reconocemos antes de conocerlos. Un proceso acelerado que se incrementará con las posibilidades del CGI, la XR y la producción virtual. Y quizá ahí radique la cuestión más sugerente: visitábamos los lugares para confirmar las ficciones que hemos construido sobre ellos, pero ¿qué ocurre si estos nunca han existido más que en una proyección digital?

Fig.4. La producción virtual combina pantallas LED gigantes, entornos digitales en 3D y actores o elementos físicos en un set. Fuente: https://www.panoramaaudiovisual.com

Conviene retomar la figura del flâneur del siglo XIX, aquel que recorría la ciudad observando sus detalles para comprender la modernidad, solo que ahora y cada vez más los espacios son una mezcla de calles reales, decorados, píxeles, algoritmos y proyecciones a veces recordadas. Las habitamos visualmente antes de caminar por ellas. Y tal vez ahí resida una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: cuanto más digitales se vuelven las ciudades en pantalla, más influyen en nuestra experiencia cotidiana de las urbes reales. Insospechadamente, el refranero popular vuelve a acertar: mentiroso sin memoria, pierde el hilo de la historia.

Más info en la píldora, Memorias artificiales y simulacros.